viernes, 11 de abril de 2014

Un pueblo de la Sierra de Mariola

 Un pueblo con los años tiene un sabor diferente. La infancia es pasado, muchas de sus casas solo son recuerdos, fueron derribadas y hoy son parte de edificios altos, en donde sus bajos están las tiendas de todo a cien, o cafeterías. En tierras desiertas o descampados como se conocían, jugábamos a emular a las estrellas futbolísticas, hoy son parques en el cual los niños recobran la libertad, cuando salen de las cárceles de los ochenta metros cuadrados. El casco viejo por sus calles estrechas lloran de soledad, sus casas están vacías y muy deterioradas, los viejos comercios solo quedan pintadas en sus paredes, de estos que se creen estrellas de la moda de los grafitis.

Quedan en la retina del recuerdo aquellos juegos infantiles por las calles, los paseos desenfrenados a toda velocidad de las bicicletas, cada vez subías una cuesta, quedabas exhausto con el peso de las misma.  Los últimos carros tirados de mulas que estaban en su ocaso, con la venida de la prosperidad y la modernidad,  las calles comenzaron a llenarse de los Seat 600, en el cual, todas las familias los domingos se subían en ellos, desaparecían en busca de las playas en verano, o del monte en primavera. Aquellos primeros televisores en blanco y negro, donde los mayores el telediario era sagrado. Que decir de las noches de verano,  los lugareños sacaban las sillas de su casa para tomar la fresca, en la cual los pequeños nos encantaba escuchar aquellas leyendas, cuentos, historias, que los ancianos nos narraban con una delicadeza muy especial, con el cigarrillo sin boquilla en la boca, en cada pausa inspiraban y expiraban el humo.
Todo es pasado, no sabemos si era mejor o peor que en la actualidad, ahora desde la distancia comprendes que fue diferente.

Calles de un viejo pueblo.
Blasones moribundos.
Rejas oxidadas.

Mulas y carros.
Campo y olvido.
Hombres de blusa negra.

Noches de verano.
Historias del cielo.
Leyendas perdidas.

El pueblo dejo de ser pueblo, hay días que parece el reflejo de una pequeña ciudad, que no quiere dejar de ser pueblo. Las calles repletas de coches aparcados en cada hueco, ruidos de motos, gente con prisa. Hay veces que todos se conocen y otras nadie conoce a nadie.
Pueblo pegado a la sierra de Mariola en sus ultimas estribaciones, cuyo olor de tomillo y pebrella cuando llueve es notable, industrial en la segunda mitad del siglo XX y ahora en el siglo XXI es difícil de conocerlo.
Pueblo que intenta navegar con la crisis que acecha en este siglo, y quiere recordarnos que los comienzos del siglo pasado en este pueblo, fueron muy duros para nuestros antepasados.

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