viernes, 28 de febrero de 2014

Un octogenario


Pasan los días y las noches, cada tarde voy caminando lentamente hasta el paseo marítimo, me acomodo en uno de los asientos de piedra, observo el mar, en los días grises de invierno, como esta tarde, no puedo dejar añorar los veranos de hace setenta años, cuando era todo vitalidad y fuerza. Aquellos días que pasaba horas y horas bañándome en este mar, donde me enamore por primera vez.
Cada día me consumo como una vela, las arrugas se deterioran, el poco pelo es blanquecino desde hace unas décadas.
Nacemos, vivimos, y nos vamos de este mundo. Aquí sentado en mis últimos días de vejez, partiré como un velero que busca la libertad de alta mar, iré a la deriva con las velas izadas buscando el levante en el nuevo rumbo.
Atrás quedaron los primeros besos en blanco y negro, la vida me llevo por caminos inesperados, sueños trastocados por las togas de la familia, cortando las alas del joven que quiere volar, lo encierran en la jaula, deja de cantar, sus lagrimas con el tiempo se secan, y la resignación es la corbata del traje que no es a medida.
Hoy puede ser el último día que este aquí sentado o tal vez mañana, pasado, no se, pero cuando no venga a visitarte querido mar de mis tinieblas, seré un marinero en libertad, donde nadie guié mi nueva vida, ni la juzgue, porque en esta vida en la cual nací en la que el dictador y sus curas, eran quienes marcaban las cartas de la moral. Y aquel hombre murió y creíamos en una vida sin ataduras, y nos encontremos que durante años, la sombra seguía pesando en esta sociedad de falsa hipocresía. Y ahora que puedo ser libre en esta vida, soy un octogenario y algunos años más, que esta punto de colgar el cartel THE END.

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