miércoles, 2 de mayo de 2012

El cielo de París







Cada tarde paseaba por las  cuestas empinadas que culminaban en el  Sacré- Coeur en la subida me pasaba por Place du Tertre en Montmartre los pintores bohemios deleitaban a los turistas en los dibujos que inmortalizaba la vista a la gran ciudad del amor.
Cada cual tenia su puesto establecido para fascinar con sus habilidades pictóricas entre los turistas que curiosamente dejan la instantánea de este peculiar barrio de artistas. Conocía todas sus caras de pasar tantos días en mi paseo por las cuestas del barrio pues todas las tardes era fiel al mismo itinerario, mi familia me preguntaba porque no cambiaba de ruta, sino estaba harto del mismo recorrido. Siempre contestaba, para mi aquello era la magia de la ciudad que cada día en las empinadas cuestas podía ver la cara de felicidad de jóvenes que abrazados y besándose buscaban la plazoleta de los bohemios, cada momento encontraba algo diferente en aquella pintoresca gente. Un día recorrí las calles por la mañana y cual fue mi sorpresa, una bella joven rusa tocaba el violín con una destreza infinita con finura en sus movimientos, las nubes seguían el compás de sus notas. Me pare como tantos curiosos que la estaban escuchando y vi dentro sus ojos la luz de su música, el violín stradivarius era una pieza hermosa apoyado en su hombro y sus dedos eran delicados sobre las cuerdas, estaba tocando una pieza de Paganini, el violinista que tenia un pacto con el diablo era impresionante cerca del Sacre-Couer aquella belleza musical tocando el cielo con sus notas.

La música crea belleza.
Palabras del amor.
Sopla el viento.
Noto mis sentimientos.

Esta bella violinista de ojos verdes y cabellos rubios que una mañana me hizo recordar mi juventud cuando estudiaba solfeo en una modesta academia en aquellos años que en nuestras calles la famosa Revolución de Mayo  nos vimos envueltos entre barricadas y carreras en la primavera del 68 donde todos los jóvenes éramos unos soñadores. Como decir que también soñaba en ser violinista de cualquier gran cámara y sucedió que vida me llevo por otros pasajes bastante alejados de la música y ahora he visto la recompensa de poder escuchar todas las mañanas el violín del diablo.

Cuando acabo la pieza, aplaudí con entusiasmo, seguidamente el resto ovaciono aquella joven, me acerque deje en el estuche del violín un billete de veinte euros, seguidamente la gente dejo monedas y algún que otro billete.

Cada mañana cuando comienzo a subir las cuestas sueño con su música que me transporta  los cielos  benditos de París en el cual esta violinista cada vez que me ve, sonríe, cierro los ojos me dejo llevar por la música del stradivarius.

En cada movimiento diviso las palabras secretas de la música, el  violín, arco y sus dedos pintan colores en las partituras de la vida, Bach, Vivaldi, Paganini, Mozart pasan por sus bellas manos entre mis delirios en Montmartre cada vez que la escucho en la pequeña colina.

Después camino hasta la basílica del Sacre Couer y doy las gracias a Dios por estos bellos momentos en estos años de mi jubilación me esta premiando en esta vida de sin sabores que he sufrido, tanto en los negocios desastrosos que fueron el lastre de frustración que lleve en mi mochila durante años y el dolor del corazón de no ser amado en las noches de turbulencias con el alcohol y las mujeres  compradas por unos miserables francos, creyendo encontrar el amor.

El cielo de Paris.
La violinista tocando con el diablo.



1 comentario:

pluvisca dijo...

Ya volví del puente

Paris, sus calles, su música y sus gentes...me gusta tu relato y la música que has puesto es preciosa

Besos