miércoles, 12 de octubre de 2011

Una mañana otoñal.


En esta mañana gris otoñal, delante del espejo de mi alcoba, intentando encontrar los colores de mi ropa, el armario esta repleto, la ropa veraniega aun esta visible por los estantes. Soy el desastre de las combinaciones sigo sin saber que prendas elegir. La duda es constante, por fin como siempre por la vía rápida, vaqueros, suéter gris y deportivas.
Salgo a la calle camino hasta la parada de bus más próxima de mi domicilio cinco minutos por la acera del barrio hasta que por fin llego, me siento debajo de la marquesina, van llegando pasajeros en ellos veo sus vidas en sus atuendos, la ropa los delata. Subo al bus, me cojo a la barandilla, vamos como siempre acelerones, frenazos, sonidos de cláxones por toda la calle, todos tienen prisa, de reojo todos nos miramos, nadie mira a nadie, cada uno es un relato, o una historia, otros quizás sean poesías en sus vidas. Llego al final de mi trayecto abandono este artefacto con ruedas dejo dentro las vidas anónimas que sigan el trayecto, camino siguiendo las baldosas de la acera sorteando algún excremento de perrito, he llegado con tiempo de antelación, como siempre soy muy puntual a la cita.
Entro en una cafetería pido un café con leche, me aposento detrás del cristal, de aqui se divisa el mundo exterior. Saco mi libreta de mi bandolera, desenfundo mi pluma, comienza la aventura por el mundo de las letras. La paz y el sosiego recogen cada palabra, son relatos de la imaginación que se mezclan en la realidad, colores del cielo repleto de cometas que buscan su espacio. El relato avanza como el minutero de mi reloj de pulsera con precisión y perfección. Las tonalidades van cambiando en mi mente, los pasajes ocultos encuentran la luz en busca de una realidad escrita.
Ha pasado media hora, me levanto y paso por caja, salgo a la calle doy unos pasos, llamo al timbre se abre la puerta, cojo el ascensor que me lleva al tercer piso, amablemente una señorita joven me indica el camino de sala de espera, me acomodo en uno de sus sofás, ella cierra la puerta, aquí estoy viendo los cuadros espantosos y las revistas del Muy Interesante en una mesa pequeña de aspecto siniestro y del mal gusto quien decoro esta sala de estar.
A los pocos minutos aparece la misma joven de cabellos rubios y sonrisa afable me indica el camino que conozco a la perfección.
Entro a la consulta, me recibe mi psicoanalista con su cara de jugador de poker, tomo asiento.
Lo que aquí ocurre, pertenece a mi locura.

1 comentario:

pluvisca dijo...

Hola mErL ya volví de Lisboa.

El relato es hermoso, lástima que acabe en el psicoanalista...

bBesos